martes, abril 18, 2006

Doloroso aniversario - Argentina

Queridos amigos: del excelente blog Estagira, con autorización de su autor, un artículo que nos puede ayudar a comprender un poco más la política argentina. Fue publicado originariamente en El Mercurio (de Santiago), 26 de abril pasado.

Por Joaquín García-Huidobro Correa
(Director de Estudios de la Universidad de los Andes)

Argentina es un país que resulta casi incomprensible para los chilenos. Un ejemplo: por años, lo peor que se le podía decir a un sindicalista transandino era llamarlo “rojo”. Por obra y gracia de Perón, el sindicalismo argentino ha sido siempre profundamente antimarxista. Con sus cosas buenas y malas, el peronismo dejó reducida a la izquierda a ser un artículo solo apto para minorías más o menos intelectualizadas. ¿Otro ejemplo? Como muchos nacionalismos, el peronismo tiene sectores muy clericales, especialmente en las provincias, lo que no obsta a que en su segundo gobierno sus adherentes hayan quemado iglesias en Buenos Aires y la policía haya encarcelado sacerdotes y cerrado seminarios. ¿Cómo puede suceder algo así? Ya he dicho que para nosotros resulta incomprensible. Los chilenos podemos contentarnos con envidiarlos o amarlos, aunque en los últimos años han aparecido en nuestra tierra nuevos ricos que adoptan una actitud nunca antes vista: los desprecian, debido a que nuestra economía parece que está muy bien (por supuesto que estos recién llegados no conocen a Borges, el Martín Fierro, Piazzolla, Marechal o Spinetta).
Sindicalismo y peronismo son lo mismo en Argentina. Y ya vimos que los sindicatos no pueden ver al marxismo. Sin embargo, eso no obsta a que durante su largo exilio en Madrid, Juan Domingo Perón haya coqueteado con la izquierda. De hecho, con los años se fue formando toda una facción, los montoneros, que adhería a estas ideas y muchos dirigentes peronistas adoptaron su retórica. A comienzos de los setenta, mientras tenían un enemigo común, esta convivencia de dos sectores irreconciliables no pasó a mayores, aunque al regresar Perón de Buenos Aires lo que iba a ser una recepción triunfante se transformó en una balacera entre sindicalistas y zurdos, que dejó los alrededores de Ezeiza bañados de sangre.

Al comenzar el último gobierno de Perón, en 1973, las tensiones se hicieron insoportables y sólo se resolvieron cuando en un memorable acto en la Plaza de Mayo, el 1 de mayo de 1974, el viejo líder expulsó a los “jovencitos imberbes” de la izquierda. Quedaron tan perplejos que se retiraron dócilmente ante la alegría de los “descamisados”, como llamaba Evita a sus masas obreras. Lamentablemente la cosa no quedó ahí, pues la izquierda argentina decidió emplear a fondo los métodos que ya venía utilizando en Argentina y el resto del continente: bombas, secuestros, asaltos y asesinatos. Esto, en Latinoamérica, no es un patrimonio de la izquierda, pero lo novedoso resulta que lo que otros grupos hacen a escondidas y negando su autoría, aquí se glorificaba y se presentaba como un modo de conducta ejemplar. Para cualquier persona de la calle, hacerse amiga de la hija de una persona, para entrar con toda libertad a su casa y ponerle a un señor una bomba debajo de la cama, para que vuele por los aires la mitad de la familia no es precisamente un acto ejemplar. Tampoco lo es ametrallar filósofos que piensan distinto delante de sus hijos pequeños. Pero aquí todo era distinto, porque se hacía en nombre del pueblo. Lo curioso es que el pueblo, ese pueblo de verdad que trabajaba duro y transpiraba con el calor de Buenos Aires no tenía el menor deseo de ser redimido. Pero eso no importaba. Es más, resultaba un motivo adicional para matar, a veces a tiros y otras a bombazos, a los dirigentes sindicales. Todo valía si se hacía por la revolución.

Tuve la oportunidad de vivir durante esos años en Buenos Aires y ser testigo de las luchas entre obreros peronistas y la izquierda, compuesta de estudiantes universitarios y jóvenes profesionales, gente sofisticada, que empleaba la más alta tecnología para eliminar a sus adversarios. Con la muerte de Perón la situación se hizo aún más grave, hasta que su viuda, Estela, transformada en Presidenta, ordenó acabar la subversión por todos los medios. La cosa se puso aún más dura y ya no resultó tan fácil para la izquierda, que empezó a tener víctimas. Pero sus secuestros y asesinatos continuaron y, lo que es peor, la glorificación de todas y cada una de estas acciones.

Como otras veces en la historia, el país entero comenzó a pedir un golpe de estado, comenzando por los sindicalistas, que veían que su propio gobierno era incapaz de controlar la situación. Hoy podrán decir lo que quieran, pero soy testigo de estos hechos y no creo que puedan borrarlos de mi memoria. El golpe se produjo hace justo treinta años y la historia que sigue es aparentemente conocida. Se enfrentaron dos ejércitos y ganó el más grande. De mis compañeros de curso, algunos se fueron a la guerrilla y a otros les tocó el servicio militar. En contadas ocasiones hablan de esas largas noches de patrullajes en las carreteras, sin saber si el auto que paraban era de un trasnochador o si, de pronto, iba a aparecer una ametralladora que terminaría con la vida de un conscripto. A veces eran ellos más rápidos y los muertos eran los guerrilleros, normalmente gente muy joven. No faltó la ocasión en que junto al cadáver de la madre aparecía una criatura, llorando entre armas, vidrios quebrados y sangre. Entonces la pregunta era ¿qué hacer con ella?
La izquierda argentina es la más narcisista de las izquierdas latinoamericanas. Está tan obsesionada con las atrocidades que se le hicieron —que fueron muchas— que es incapaz de ver el horror de los crímenes que cometió. En estos días se ha ordenado la apertura de los archivos secretos del Ejército argentino. Algo aparecerá, aunque los manuales de West Point enseñaban que en la guerra antiterrorista no había que levantar actas de fusilamiento ni dejar rastro alguno. Los archivos de los montoneros, en cambio, no se abrirán nunca. No existen.

6 comentarios:

Sergio Flores dijo...

Quizás hay más alternativas y no sólo las que el autor propone, de "envidiar, amar, o despreciar" a los argentinos. Si no es por ciertas actitudes de los gobiernos de la Concertación en Chile, que atan a mi país al envío de energéticos de Argentina, la actitud generalizada de los chilenos sería de asombro momentáneo ante otro vecino incapaz de gobernarse, seguido de indiferencia. Como Chile por ahora depende del suministro de gas argentino y Argentina corta dicho suministro cada cierto tiempo, la nación trasandina está constantemente en las noticias y en el pensar chileno, ya que los combustibles suben y ahora se acerca el invierno. Creo que hace ya mucho tiempo que en Chile no se envidia a Argentina, sencillamente porque no hay nada que envidiarles: el país que hicieron sus abuelos está corroído, cayéndose a pedazos. Para bien o para mal, la vasta mayoría de los chilenos está convencida de que Chile es un país moderno, con futuro, y donde se puede trabajar para lograr que sea desarrollado. La comparación con Argentina no entra al caso, así como no se puede comparar la realidad chilena con la de Bolivia o Venezuela. Como alguien que ha leído a Borges y a Cortázar y que sabe de los cientos de miles de chilenos que encontraron su porvenir en Argentina en generaciones pasadas, puedo decirle al señor García Huidobro que no hay que ser "malo" o "ignorante" para tener una opinión negativa del vecino del Este: la reputación se la han ganado a pulso, con el tremendo esfuerzo de destruir un país rico y de clase media, dejándolo pobre y resentido; haciendo de una nación que se definió por la exportación de alimentos, una que hace noticia por la muerte por desnutrición de sus niños; una tierra donde hay leyes para todo pero que es un país sin ley, donde la policía asalta, los piqueteros cortan caminos, y el gobierno no cumple sus acuerdos. No se requiere "envidiar" ni "amar" a Argentina, ni mucho menos despreciarla, para emitir estos juicios que son, por lo demás, lo que los argentinos dicen de su país en cartas al Director y en sus blogs. Sólo se requiere saber leer y poder ver.

Marta Salazar dijo...

Pienso que lo que Joaquín quiere decir -y yo lo entiendo perfectamente- es que Argentina es inmensamente más que la crisis política y económica en que está sumido el país hermano desde hace algunos anos.

Sergio Flores dijo...

Mmmm... Si es eso lo que Joaquín quiso decir, ¿por qué no lo dijo? La crisis política y económica en la que está sumida Argentina lleva décadas, no "algunos años." Y la crisis no es de origen político ni económico, según los bloguistas argentinos a quienes leo, sino moral, o lo que yo denominaría de carácter ético. El país de los chantas, de los vivos, del engaño como símbolo de ganar, de la mano de Dios, del agua dopada para Brasil, de Perón el cleptómano demagogo y Eva la cabaretera vengativa, de los militares inútiles, de los políticos ladrones, de Kirchner el montonero incompetente, es el país de San Martín, Alberdi y Sarmiento, de Urquiza y su victoria en Caseros sobre Rosas. Pero ése también era el país de la Mazorca y Facundo, y de Julio Argentino Roca y Roque Sáenz Peña, y de la Campaña del Desierto a la que se debió llamar "El exterminio de los indios para poder poblar con blancos, como quería don Domingo Faustino." El país de Borges y de los dos Premios Nóbeles en ciencia, es el país de los que dañan la economía uruguaya por envidia y no respetan los contratos firmados con Chile. Donde la ganadería fue reina, hay prohibición de exportar carne. En el granero del mundo los niños aún mueren de hambre. Sé que Argentina es más que sus crisis, pero García Huidobro estaba en realidad escribiendo que aquellos que no aman a Argentina, la odian o la desprecian. Él no la odia ni la desprecia, algo que el texto deja claro. Entonces, García Huidobro la ama. Enhorabuena por él. Pero yo, que sé de Argentina harto más que la mayoría de los chilenos y más que muchos argentinos, ¿por qué tengo que aceptar sus tres etiquetas? Si conoces a Joaquín, y ya que tú lo entiendes perfectamente, dile que sea más claro al escribir, para que tú no tengas que interpretarlo.

Marta Salazar dijo...

yo entendí perfectamente su mensaje... Te recomiendo Allende/Allende del mismo autor y de Orellana Benado, con prólogo de la conocida historiadora Lucía Sta. Cruz.

... yo también le tengo un carino muy grande a Argentina y los argentinos y sé que es y son mucho más que todos los chantas y otros males que, por otra parte, existen en todos los países.

Pero no nos pongamos tan sentimentales. Un gran saludo Sergio!

Sergio Flores dijo...

Gracias, Marta. Ahora sé donde está la inflexión: yo le tengo gran cariño a individuos argentinos, pero no generalizo con mi cariño en este caso (aunque le tengo gran cariño a los Estados Unidos y entonces sí generalizo). Los chantas y esos otros males existen, por supuesto, en otras partes. No en todas partes se los eleva a héroes nacionales, ni se cambian los significados de las palabras para explicar que lo claro es oscuro y que lo malo es bueno. Cuando robar se convierte en el deporte nacional, y los ladrones no sólo definen el carácter nacional, si no que convierten el robo en virtud, estamos ante un problema medular que no se da en todos los países. Los mexicanos, por ejemplo, reconocen que la corrupción los ha arruinado y que todos, en mayor o menor medida, son corruptos. Pero ser corrupto en México aún es una falta moral; aún es mal visto. En Argentina ser corrupto es ser vivo y, además, te aplauden. Una de las razones por las que me gusta Borges es porque él detestaba esa decadencia ética.

Marta Salazar dijo...

Gracias a ti Sergio, sigamos reflexionado y compartiendo opiniones. Un abrazo!