Los socialistas y sus aliados han aprobado estos cuatro año un conjunto de leyes que ahondan estas diferencias: el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio sin causa ni plazo, la enseñanza con gruesos elementos de falta de libertad y una asignatura ideológica, la investigación con embriones humanos, la ampliación de los estatutos de autonomía. A lo que añaden una actitud de fomento de un clima de moral sexual relajado, del homosexualismo, el laicismo y la eutanasia, y un decidido esfuerzo de llegar a la paz mediante el diálogo con los terroristas.
Naturalmente, a estas leyes y políticas se han opuesto las entidades civiles, profesionales y políticas correspondientes; los obispos se han implicado en grados diversos, según los casos, con apoyo y presencia -notable a veces- en manifestaciones multitudinarias en la calle, con documentos y declaraciones, etc.
Últimamente, el Gobierno se ha sentido incómodo por las actuaciones judiciales contra clínicas abortistas donde se practicaban abortos ilegales, cuestión destapada por activistas provida que ha devuelto al aborto al debate, cuando era una práctica libre y silenciada.
La gota que ha rebasado el vaso ha sido el acto por la familia cristiana del 30 de diciembre pasado, directamente convocado por los obispos, al que el PSOE ha respondido de malos modos y con el documento "Las cosas en su sitio". A esto se ha añadido la Nota ante las elecciones.
Por un lado el PSOE siente el agravio comparativo respecto del PP, que gobernó durante 8 años sin protestas de los obispos, cuando no movió ni un dedo contra el aborto ilegal, dialogó con los terroristas, abrió la puerta a la clonación y apoyó la invasión de Irak (en esto conviene recordar la oposición frontal del Papa a la guerra). Por otro, reacciona con amenazas, como las de cambiar el status jurídico de relaciones con la Iglesia, retirar la financiación por vía estatal o profundizar en el laicismo.
Aspavientos electoralistas a parte, lo que más ha molestado al PSOE ha sido la pretensión de la CEE de hablar desde el denominador común de la moral fundada en la recta razón, y no desde los criterios de la moral católica. Es este el verdadero debate, en mi opinión, y pienso que la Iglesia hace muy bien en defender la racionalidad de sus propuestas –y de su doctrina, en consecuencia-, y que los socialistas se equivocan al pretender que sólo sus posturas son razonables –de hecho, no sólo la CEE discrepa de ellas-. Pero esto ya entra en el terreno de mis opiniones personales.
